🌿 Resumen rápido
Salir a caminar sin auriculares puede cambiar nuestra forma de estar presentes. Una reflexión sobre tecnología, silencio y conexión con la naturaleza.
📋 Tabla de contenidos
- Salir a caminar por la montaña sin auriculares: solo yo y la naturaleza
- Nos hemos acostumbrado a llenar cualquier momento
- Cuando el entorno vuelve a ocupar el primer plano
- El silencio también forma parte del bienestar digital
- Quizá también estamos eliminando demasiado el aburrimiento
- La solución no es dejar los auriculares en casa
- Volver a escuchar lo que siempre estuvo ahí
Salir a caminar por la montaña sin auriculares: solo yo y la naturaleza
Quizá el bienestar digital no consiste en eliminar la tecnología, sino en recuperar la capacidad de elegir cuándo queremos que nos acompañe.
Hay días en los que salir a caminar por la montaña significa, casi automáticamente, preparar también algo para escuchar. Música, un podcast, alguna entrevista pendiente. Los auriculares se han convertido en un acompañante habitual de muchos momentos que antes simplemente estaban llenos de silencio.
Hace unos días decidí hacer algo distinto. Salí a caminar y, en lugar de buscar qué escuchar, guardé los auriculares y continué sin ellos. No era un reto, ni una prueba de bienestar digital, ni una decisión especialmente meditada. Simplemente me apeteció caminar sin añadir nada más.
Al principio resulta extraño. Estamos tan acostumbrados a llenar cualquier espacio libre con algún tipo de estímulo que el silencio parece incluso incómodo. Pero después de unos minutos empiezan a aparecer sonidos que normalmente quedan en segundo plano: el viento, los pájaros, las hojas, tus propios pasos sobre el camino y el ritmo de la respiración cuando la pendiente empieza a hacerse notar.
Y también empiezas a escuchar algo que probablemente hemos aprendido a mantener ocupado durante buena parte del día: nuestros propios pensamientos.
Nos hemos acostumbrado a llenar cualquier momento
No tengo nada contra los auriculares. Los utilizo muchísimo. Me gusta escuchar música mientras entreno, descubrir un podcast interesante durante un desplazamiento o aprovechar una caminata para escuchar una conversación que tenía pendiente.
La tecnología nos permite transformar prácticamente cualquier momento en entretenimiento, aprendizaje o comunicación. Y eso es extraordinario. El problema aparece cuando dejamos de elegir y empezamos a sentir que cualquier instante sin contenido necesita ser rellenado.
Esperamos el metro y sacamos el móvil. Caminamos y ponemos música. Cocinamos mientras vemos un vídeo. Entrenamos escuchando un podcast. Incluso cinco minutos de espera pueden parecernos demasiado largos si no tenemos una pantalla delante.
Lo curioso es que muchas veces estos comportamientos no son conscientes. No pensamos: “Ahora necesito un estímulo”. Simplemente lo hacemos. El teléfono sale del bolsillo casi automáticamente y los auriculares terminan acompañándonos antes incluso de preguntarnos si realmente queremos escuchar algo.
Aquella caminata me hizo pensar precisamente en eso. Quizá no necesitamos eliminar la tecnología ni renunciar a todo el contenido que nos gusta. Pero sí recuperar algunos espacios en los que no exista la obligación de consumir nada.
Cuando el entorno vuelve a ocupar el primer plano
Después de caminar unos minutos sin auriculares, empecé a prestar más atención al lugar en el que estaba. No ocurrió nada extraordinario. El paisaje era el mismo, el camino era el mismo y yo seguía siendo exactamente la misma persona. Lo que había cambiado era la cantidad de cosas compitiendo por mi atención.
Cuando escuchamos un podcast, nuestra cabeza está siguiendo una conversación. Cuando ponemos música, parte de nuestra atención se dirige hacia las canciones. Si además miramos alguna notificación, durante unos segundos dejamos de estar mentalmente en el mismo lugar en el que está nuestro cuerpo.
Sin todos esos estímulos, la montaña empezó a ocupar mucho más espacio. Me fijé más en la luz entre los árboles, en los cambios del terreno y en pequeños sonidos que normalmente habrían desaparecido detrás de la música.
También noté algo diferente en mi propia cabeza. Durante los primeros minutos seguían apareciendo pensamientos relacionados con el trabajo, mensajes pendientes y cosas que tenía que hacer después. Pero poco a poco dejaron de competir entre ellos. No estaba intentando resolver nada, simplemente había espacio para que algunos pensamientos aparecieran, se ordenaran y desaparecieran.
Esa sensación me hizo pensar que quizá necesitamos momentos sin contenido no porque el contenido sea malo, sino porque nuestra atención también necesita periodos en los que no esté recibiendo constantemente algo nuevo.
El silencio también forma parte del bienestar digital
Cuando hablamos de bienestar digital solemos pensar rápidamente en reducir el tiempo de pantalla, controlar las redes sociales o limitar las notificaciones. Todo eso puede ser útil, pero cada vez creo más que el bienestar digital tiene menos que ver con contar minutos y más con recuperar la capacidad de decidir.
No es lo mismo pasar una hora delante de una pantalla hablando con alguien importante que pasar esa misma hora desplazándonos por contenido sin haber decidido realmente hacerlo. Tampoco es lo mismo escuchar música porque nos apetece que ponernos los auriculares por pura costumbre.
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente nuestra relación con la tecnología.
Para mí, el problema nunca ha sido que los auriculares existan o que podamos escuchar contenido durante todo el día. La cuestión aparece cuando dejamos de preguntarnos si queremos hacerlo. En ese momento la tecnología deja de ser únicamente una herramienta elegida y empieza a formar parte de un comportamiento automático.
Por eso una caminata sin auriculares puede convertirse en algo interesante. No porque sea necesariamente mejor caminar en silencio, sino porque rompe durante un rato esa automatización.
Quizá también estamos eliminando demasiado el aburrimiento
Hay otro elemento relacionado con todo esto que cada vez me interesa más: nuestra relación con el aburrimiento. Durante años hemos ido incorporando herramientas capaces de ocupar prácticamente cualquier momento vacío de nuestra vida.
Y probablemente nadie quiera volver a una época en la que una espera de veinte minutos significaba simplemente mirar una pared. Pero quizás nos hemos desplazado demasiado hacia el extremo contrario.
Cuando tenemos treinta segundos libres buscamos algo que mirar. Cuando esperamos a alguien revisamos las redes sociales. Cuando caminamos solos buscamos algo que escuchar. El aburrimiento parece haberse convertido en una especie de error que debemos corregir inmediatamente.
Sin embargo, algunos de esos momentos aparentemente improductivos pueden tener valor. Cuando nuestra atención no está completamente ocupada, la mente puede divagar, relacionar ideas, recordar algo o simplemente descansar de recibir estímulos.
No significa que debamos empezar a convertir el aburrimiento en otra tarea de productividad. Sería bastante absurdo intentar “optimizar” también nuestros momentos de no hacer nada. Quizá basta con no intentar eliminarlos siempre.
Aquella caminata fue un pequeño ejemplo. Durante algunos tramos no estaba pensando en nada especialmente interesante. Simplemente caminaba. Y después de pasar tantas horas delante de pantallas, escuchando mensajes, reuniones, vídeos y notificaciones, esa ausencia de estímulos terminó sintiéndose mucho más valiosa de lo que esperaba.
La solución no es dejar los auriculares en casa
No quiero convertir esta experiencia en una regla. No creo que caminar con auriculares sea peor que hacerlo sin ellos. De hecho, seguiré utilizándolos muchas veces. Hay días en los que una buena lista de música mejora completamente una caminata o un entrenamiento.
La diferencia está en haber recuperado una opción que quizá había dejado de considerar.
Desde entonces intento hacer algo muy sencillo: algunas veces comienzo la caminata sin auriculares. No me impongo una hora de silencio ni convierto el paseo en un ejercicio de mindfulness. Simplemente dejo pasar los primeros quince o veinte minutos escuchando lo que ocurre alrededor.
Después, si me apetece música, me pongo los auriculares.
Ese pequeño cambio me parece mucho más realista que cualquier propuesta de desconexión extrema. No necesito abandonar Spotify, eliminar aplicaciones ni caminar siempre en silencio. Simplemente puedo evitar que la elección sea automática.
Y ese principio puede aplicarse a muchas otras partes de nuestra vida digital. No necesariamente necesitamos utilizar menos tecnología. Tal vez necesitamos utilizarla con un poco más de intención.
Volver a escuchar lo que siempre estuvo ahí
Al terminar aquella caminata no tuve ninguna revelación extraordinaria. No resolví todos los asuntos que tenía pendientes ni regresé convertido en una persona completamente diferente. Simplemente tuve la sensación de haber estado más presente durante un rato.
Y creo que eso fue precisamente lo que me gustó.
Vivimos en un momento en el que podemos llevar prácticamente todo nuestro mundo en el bolsillo. Música, conversaciones, trabajo, entretenimiento, noticias y ahora también inteligencia artificial están disponibles en cualquier momento. Es una posibilidad increíble, pero también significa que cada vez existen menos momentos en los que realmente estamos solos con el lugar en el que nos encontramos.
Quizá el bienestar digital no consiste en rechazar todo eso. Para mí tiene mucho más sentido aprender a escoger cuándo quiero tenerlo conmigo y cuándo prefiero que permanezca guardado.
La próxima vez que salga a caminar por la montaña seguramente habrá días en los que vuelva a ponerme los auriculares. Pero también habrá otros en los que los dejaré en el bolsillo.
Porque a veces no necesito escuchar nada nuevo.
Me basta con escuchar mis pasos, el viento, los árboles y aquello que normalmente queda escondido detrás del ruido.
